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Cultura Errante

Reconocimientos que tejen historias

Miguel Ángel Sosme

Escrito por Estela Casados.

Tejedoras de esperanzas


Tejedoras de esperanza. Empoderamiento en los grupos artesanales de la Sierra de Zongolica de Miguel Á. Sosme Campos es una investigación antropológica con enfoque de género en el que se recoge testimonio de 17 mujeres que se dedican al hilado en telar de cintura.

A Miguel lo conocí en 2009. Fue mi alumno. Uno de los más destacados de aquella clase sobre métodos en Antropología. Con 19 años a cuestas, siempre se las ingeniaba para lanzarme interesantes retos disfrazados de preguntas.

Impartir ese curso, por la temática que abordaba, fue complejo. Recibirlo a las 8 de la mañana debió ser peor. Mis estudiantes, sin excepción, llegaban con cara de lechuza: los ojos grandes, ansiosos. Pocos habían leído. Era difícil digerir a Claude Lévi-Strauss, por ejemplo, con el estómago vacío.

9:30am. La cara de sueño se trocaba en miradas ansiosas hacia el reloj. Se oía el chirriar de las tripas del alumnado reclamando alimento. Sus piernas temblaban incontrolables ante la sensación pavorosa de una vejiga a punto de reventar. Y así, la clase terminaba antes de las 10 de la mañana. Los métodos podían esperar para mejor ocasión.

Durante ese semestre procuré llegar a clase con dos tazas de café entre pecho y espalda, con la mente clara. Sabía que, por lo menos, un estudiante estaría muy atento a mis palabras, que haría muchas preguntas sobre alguno de los tantos temas que abordamos en ese curso. Siempre le agradecí a Miguel que aquella clase de las 8 de la mañana estuviera plagada de adrenalina y aprendizaje… por lo menos para mi.

Fuera de aula lo conocí poco. Solo sabía que había llegado de Coatzacoalcos para estudiar la licenciatura en Antropología Social en la Universidad Veracruzana, que mis colegas tenían una excelente opinión sobre él, debido a su rendimiento y compromiso académico. Nada más. Nada menos.

Con una población de más de 500 estudiantes que cursan cuatro licenciaturas en la Facultad de Antropología, fue lógico que un día le perdiera la pista a Miguel. Fue por poco tiempo. Supe que comenzaba a realizar actividades de investigación en la Sierra de Zongolica.

Y así, una ve ir y venir a las y los estudiantes de la Facultad. La efervescencia por los preparativos de las primeras salidas a campo, los nervios, las historias, el regreso, las preguntas que provoca el contacto con la realidad social después de haber leído tanto en aula, después de haber cursado tantísimas clases. ¿Qué sigue?

Sucedió que en una ocasión, regresando de alguna de sus temporadas de campo, Miguel me platicó sobre los rumbos caminados en Zongolica: había comenzado a trabajar con algunos grupos de tejedoras nahuas y me preguntó si estaba interesada en asesorar su trabajo de tesis. Nuevamente, una pregunta que entrañaba un reto. Accedí.

Padecí y gocé el acompañamiento que di a la hechura de esa tesis. El empoderamiento es un concepto cuya construcción teórica tiene diversos problemas. Una categoría analítica que llega a convertirse en una pesadilla si se le confunde con la útil (y a veces inútil) herramienta de intervención feminista.

¿Qué es el empoderamiento? ¿Cómo debe utilizarse en su intersección con la variable étnica?

No es lo mismo hablar de empoderamiento indígena que de aquél que se experimenta en el contexto urbano, mestizo.

¿Qué dimensión cobra, entonces, en un contexto indígena marcado por la pobreza, la marginación y la falta de oportunidades?

Sobre ello hablábamos por horas, que se convirtieron en días, semanas y meses. Una de las experiencias más bellas de este viaje fue la travesía que emprendí de la mano de Miguel para conocer a las tejedoras de la sierra. Sin duda alguna, Xibtla, una pequeña población ubicada en el municipio de Atlahuilco, me conmovió enormemente.

La crudeza de sus bajas temperaturas se olvida a ratos gracias a los bellos paisajes y a la calidez de su gente. La familia Xicalhua fue nuestra anfitriona. Entorno al fogón de la casa se detuvieron el frío y el tiempo.

Acostumbrada a escuchar a mi propia abuela a hablar náhuatl de la huasteca, nada pude entender ni intuir en el náhuatl de la Sierra de Zongolica que salía de los labios de la abuela de los Xicalhua y de las tejedoras de la familia.

Y entonces vi a Miguel inmensamente feliz. En un lugar que le significaba mucho emocionalmente. Donde se había encontrado a sí mismo como investigador. Una coincidencia doble y afortunada.

Conocer a las tejedoras, presenciar los logros y reveses que experimentaban, lo llevó a revisitar los textos de las teóricas del empoderamiento, a detectar los desfases de los estudios de género manufacturados en latitudes lejanas y ajenas a las sociedades indígenas. A percatarse de los tiempos y ritmos del proceso de empoderamiento en el contexto de los pueblos originarios. A contextualizar en su justa dimensión los logros de los grupos de tejedoras de Atlahuilco, Tequila y Tlaquilpa.

Envidié profundamente la calidez de la relación que mantenía (y que hasta la fecha mantiene) con las tejedoras. Me confesó que no siempre había sido así. Cuando comenzó a visitarlas, ellas fueron sumamente precavidas. Desconfiadas, pues. Por lo que fueron nulos los avances de investigación.

Un día se enteró que hacía meses que una funcionaria de Xalapa les había pedido piezas para vender a través de la institución en donde ella laboraba, con la promesa de regresar a pagarles por cada uno de los productos. Los grupos de tejedoras confiaron en ella. Jamás la volvieron a ver.

Se sintieron defraudadas y burladas por confiar, de nuevo, en una persona que sin el más mínimo escrúpulo, se aprovechó de su necesidad económica y de los obstáculos que enfrentan para comercializar sus productos.

Al escuchar esta historia de abuso, Miguel puso pies en polvorosa. Buscó a aquella funcionaria en su oficina, en donde hacía tiempo que no se presentaba. La rastreó y la encontró. Regresó a la sierra con parte de las piezas y con el dinero que se había obtenido de la venta de alguno de los tejidos.

Jamás le volvieron a negar una entrevista. En el fogón de cada cocina, siempre había frijoles y tortillas para él cuando llegaba de visita, así como una cobija para que pasara la noche por si se quedaba a dormir.

Ese acto de Miguel, que para las tejedoras fue heroico, le permitió conocer sus experiencias vividas. Mujeres que se descubren ante un mundo que las discrimina por ser pobres, indias y mujeres; por no hablar español o por balbucearlo con inseguridad.

La investigación antropológica que desarrolló con las tejedoras hizo posible que analizara dos escenarios que ellas le exponían en sus relatos: la mujer que habían sido y en la que se habían convertido gracias a la construcción que fueron capaces de hacer sobre ellas mismas.

No hay historias con finales felices. No en este caso. Deconstruir a la mujer tradicional y apostar por una vida con menos violencia, de mejor calidad e incipiente libertad tampoco es algo que estén consiguiendo con facilidad las tejedoras.

El resultado del esfuerzo y la dedicación de Miguel fue un trabajo que a través de 336 páginas distribuidas en seis capítulos, analiza las posibilidades de empoderamiento de las tejedoras nahuas en un ambiente hostil, por decir lo menos.

Como sabemos, su tesis ganó el premio “Arte , Ciencia y Luz” que la Universidad Veracruzana otorga a la mejor tesis de Licenciatura. También fue merecedor de tres premios nacionales: Sor Juana Inés de la Cruz a la mejor tesis sobre Estudios de Género, convocado por el Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres). Otro fue el “Fray Bernardino de Sahagún” que otorga el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) a la mejor tesis en Antropología Social.

También ganó el Premio Nacional a la Mejor Tesis de Licenciatura en Ciencias Sociales y Humanidades “Luis González y González”, que otorga el Colegio de Michoacán. Reconocimiento merecido a esta notable investigación.

Tejedoras de esperanza. Empoderamiento en los grupos artesanales de la Sierra de Zongolica, así se llama la publicación que el Colegio de Michoacán edita a propósito de esta investigación premiada. Felicidades, querido Miguel.




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