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Cultura Errante

Graciela Pérez

Rinconcito donde hacen sonido

Escrito por Luis Barria.

Graciela Pérez


«Verás que no, verás que soy hija de una familia de ingenieros y en mi casa no se escuchaba nada (risas), todo el hincapié era en las matemáticas, en la física, en la química pero de artes nada, fue como una inquietud interna la que me llevó a las artes», me dijo Graciela Pérez cuando le pregunté si en su familia había músico o si sus padres eran melómanos. Esa inquietud interna y el tesón (yo nunca me rajo, dice orgullosa) la han llevado a ser Licenciada en Psicología, Licenciada en Educación Artística, diplomada en Canto y Arte Dramático, bailarina, actriz y cantante de ópera. Todo comenzó en un rinconcito donde hacen sonido las olas del mar.

Los pioneros

Mi papá y mi mamá son ingenieros, son del Puerto de Veracruz pero cuando yo era niña vivíamos en el campamento El Farallón, de Laguna Verde.
Cuando llegamos no había nada de nada, haz de cuenta que se terminó de hacer la última casa y entramos entonces no había televisión, no había teléfono, no había nada, todo fue llegando sobre la marcha. Había radio pero solo se escuchaban las noticias porque al estar tan alejados, lo más cercano era Cardel que está a media hora pero en ese entonces no era el Cardel que tenemos ahora entonces, realmente, no contaba, lo que contaba era el Puerto de Veracruz que está a una hora entonces lo lógico era que, al encender la radio, escucharan las noticias para que, en ese lugar tan lejano, se enteraran de lo que estaba ocurriendo pero que hubiera música en mi casa, pues no, lo que sí se le prendió el foco a mi mamá fue, de chica, meterme a danza y a gimnasia olímpica y así fue que empecé con la danza.

Óperas primas

La maestra de la escuela primaria en la que yo estudiaba gustaba mucho de la danza y del teatro entonces había mucho impulso para estas dos actividades, teníamos danza folclórica y en los homenajes, al terminar los honores a la bandera, siempre había una obra de teatro, se turnaban todos los grupos para hacer una obra de teatro que tratara de valores: de buenas costumbres, de cómo cruzar la calle, de algún evento histórico que cayera en esa fecha, de no confíes nadie, de díselo a tu papá, de los temas de la educación primaria.
No a todos los niños les gustaba actuar o a la mera hora se echaban para atrás entonces entre las maestras se decían oye, si los niños de mi grupo tienen pena y no quieren hacerlo entonces pásame a los de tu grupo que no tengan pena y los mezclo con los míos entonces resulta que yo andaba de grupo en grupo porque quería salir cada lunes al escenario y a cada rato andaba yo prestada (risas). En todos los concursos, ganaba el grupo en que el yo estaba, yo ponía las coreografías, ahí andaba con los chamacos viendo el vestuario y todo eso. Me encantaba vestirme de lo que fuera, de Blanca Nieves, de Cats, de tap, de jazz, de disco, de una zona de la Huasteca, de lo que fuera.

O, mio maestro caro

Al final de la secundaria, las maestras promovieron una semana cultural y se les ocurrió que hubiera un concurso de canto pero como todas éramos súper, ultra penosas entonces se formaron grupos, no era de solistas. Yo entré tarde a un grupo y había una cancioncilla en inglés, que mis amigas habían seleccionado, que tenía un corito muy agudo y nadie le llegaba, yo lo escuché y lo canté y todas se quedaron sorprendidas y me dijeron:
—¿Cómo le llegas?, es muy alto
—Pues así
Para mí no representaba absolutamente ninguna dificultad, nada de nada, así como como te estoy hablando, estaba cantando.
Ganamos y fue cuando me di cuenta que a lo mejor tampoco estaba tan perdida en el canto, me había desenvuelto más en el teatro y en la danza pero tal vez no estaba tan mal. Después, las Damas Voluntarias de Promotorado de Laguna Verde decidieron llevar talleres porque las generaciones crecieron y ya había una bola de pubertos y adolescentes en las calles que no tenían nada qué hacer entonces las mamás dijeron vamos a abrir una casa para que en las tardes, en lugar de andar haciendo burradas, estén ocupados. Había talleres de repujado, de cerámica, de fútbol, de basquetbol, de muchas cosas. Yo, por mi experiencia en la secundaria, fui a inscribirme al taller de canto pero no había canto (risas), pero había un maestro que se llama Eric Trejo (que trabajó o fue director, no me acuerdo, de la Casa Agustín Lara), él me dijo:
—Yo estoy estudiando canto, nada más voy a estar dos o tres semanas pero, si quieres, te puedo enseñar a respirar
—Bueno
—A ver, respira
(Aspira y llena sus pulmones de aire)
—No, respira acá (se señala el abdomen) y aquí nada se mueve (se señala el pecho)
Ay, era una cosa tan complicada que yo dije bye, que ya venga mi maestro de teatro (risas).
Pero fueron dos clasecitas que, la verdad, sí incidieron en mí porque lo escuché cantar y dije wow. Aparte, en el paso de la primaria a la secundaria ya teníamos señal de televisión y había un comercial de Buchanan’s, creo, donde estaba abajo un piano con la botella y por la escalera bajaba una mujer vestida de rojo y mientras ocurría la escena se oía el O mio babbino caro, de Gianni Schicchi, de Puccini. Cuando lo oí yo dije ah, eso es lo que yo quiero, eso es lo que a mí me gusta. Cuando pasó el tiempo volví a escuchar ese tipo de voz en este maestro suplente y dije eso es lo que a mí me gusta, pero no llegué a más.

La verdadera crónica de la gitana que provoca

Llega mi maestro de teatro, un director de teatro del Puerto de Veracruz que se llama Moisés Viveros, y resulta que sí se me da el teatro y me gusta mucho. Al año siguiente decide montar Falsa crónica de Juana la loca y me toca ser la gitana, o sea, para acabar pronto, la tercera titular, si Juana la loca está en toda la obra, la gitana es la segunda que aparece y después el esposo, Felipe.
Se iba a presentar en el teatro Gutiérrez Barrios, de Veracruz, yo tenía 15 años y realmente no tenía tanta conciencia de qué estaba haciendo, para mí era oye, se va a presentar esto, tu papel es este, te tienes que aprender todo esto; pues órale, va, y me lo aprendí todo. Mis papás me dejaban en el ensayo y se iban a hacer el mandado, porque en El Farallón no había tiendas, y cuando terminaban me recogían y nos íbamos al campamento.
Llegó el día del estreno y mi director estaba muy preocupado porque no me fuera a dar el ataque, la crisis, el pánico pero me valió (risas), yo me sabía mis líneas, yo sabía qué tenía que hacer, yo sabía cuál era mi papel, que era muy irreverente, yo entraba y salía del escenario, corría, aparecía arriba y aparecía abajo. Yo no experimenté el miedo escénico, nunca, experimenté el jugar, experimenté el interactuar, a mí me gustaba mirar a la gente, yo no me escondía en otra pared porque, aparte, no era el papel que me tocaba, mi papel era agarrar al público y meterlo. Todo salió muy bien, yo estaba fascinada.

publicado originalmente en Formato 7
Segunda parte
Tercera parte

Entrevista por parte de Cultura Errante


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